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miércoles, 23 de septiembre de 2015

LOS IRREGULARES POR DANIEL PÉREZ NAVARRO



Argón Californio
Daniel Pérez Navarro

En Estados Unidos no se acuerdan de la guerra con España de 1898 Woody Allen
Cuéntame un cuento, juégame un juego, fóllame un follo
Francisco-Jota Pérez
1. Nuestro mundo está completamente loco

-Le pondré al día rápidamente, así se hará cargo de la situación. Hace muchos años, la Sección de Macrotecnología diseñó lo que pensábamos era el arma definitiva con la que dominaríamos cualquier conflicto armado durante los próximos cien años, un robot humanoide muy destructor y gigantesco al que bautizamos con el nombre de Magallanes. ¿Ha oído hablar de él?
—Sí, señor. —La puesta de largo de Magallanes tuvo lugar en julio de mil ochocientos noventa y ocho. El lugar escogido fue Cuba. Enfrentamos a Magallanes a una moderna escuadra naval norteamericana. Utilizamos como señuelo nuestros viejos buques de guerra. Al principio nos pareció un éxito. No tardamos ni veinticuatro horas en descubrir que había sido un gran fracaso, una tomadura de pelo. ¿Sabe por qué? 





*Imagen obtenida de divulgacioncientificaytec.blogspot.com

lunes, 21 de septiembre de 2015

LOS IRREGULARES POR MARÍA ZARAGOZA




Corinne
María Zaragoza

1
Frente al pelotón de fusilamiento, Violette Szabo recordaría cómo fue reclutada y pensaría que, después de todo, quizá lo que más le había seducido del asunto no había sido matar nazis, ni vengar a su marido, ni siquiera la libertad. Quizá lo que más le había conquistado de toda la propuesta era el nombre, o más bien el apodo por el que se conocía al Ejecutivo de Operaciones Especiales (SOE): los Irregulares de Baker Street.
No sabía a quién se le había ocurrido la gracia, pero no dejaba de tener un punto simpático pese a todo. Los Irregulares de Baker Street, pero los de Winston Churchill, no los de Sherlock Holmes.
Quizá le hubiese gustado ser una golfa de cara sucia, una sin techo observadora, correteando por el Londres victoriano, aquel del que tanto había escuchado hablar. 

viernes, 18 de septiembre de 2015

LOS IRREGULARES POR CRISTINA JURADO




Out of context
Cristina Jurado

El día que cumplí siete años, entendí por qué en casa me llamaban Gábriel y no Gabriel o Grabié, por qué tomábamos té a las cinco en punto, y por qué mi padre lucía un bombín en cualquier época del año, aunque viviéramos en una de las zonas más calurosas del sur de España. We are Englishmen, of course!, decía él y yo no sabía a qué se refería.
Cierto que en casa se hablaba inglés, pero hasta entonces no había comprendido que aquel era un idioma distinto al de la escuela. Simplemente, no me había dado cuenta. Entonces empecé a prestar atención y comprendí que Josefa, nuestra asistenta, no entendía lo que decíamos cuando servía la mesa. Llegué a creer que se trataba de una lengua secreta inventada por mis padres para comunicarse conmigo sin hacer partícipe al resto del mundo de nuestros asuntos domésticos.
El origen de los acontecimientos en los que me he visto envuelto recientemente se remonta a unas semanas después de uno de mis cumpleaños, cuando mi abuela Margaret vino a pasar una temporada con nosotros. Era una mujer sosegada, de mejillas sonrosadas y moño tirante que olía a agua de rosas, y que hablaba siempre en voz muy baja. 

jueves, 17 de septiembre de 2015

LOS IRREGULARES POR ALEJANDRO CASTROGUER



¿Alguien recuerda a Vera Lynn?
Alejandro Castroguer

A mis abuelos Diego, Antonia y Josefa, 
que nunca se olvidaron de las navidades de sus nietos.
Cuando le conocí estaba muerto de miedo, por mucho que él se esforzase en esconderlo tras esa sonrisa que brindaba al destino a modo de repulsa. Era más un rictus funerario de momia egipcia que la natural expresión de un estado vecino a la alegría o la felicidad. Sonrisa estrangulada. Recuerdo que una mañana coincidimos en Wellington Park. De pronto, William y yo nos vimos sentados a la misma sombra del mismo nogal centenario y frente al mismo coro de palomas que, de un lado a otro de nuestro banco, exigía el diezmo en pago a sus esfuerzos, al ser o no ser de sus estómagos. Empezamos compartiendo el pan duro que les brindábamos. Eso fue al principio de todo. Días más tarde llegó la ocasión de las presentaciones. Encantado, me llamo William. Yo, Graham. Y la catarsis de las primeras confidencias:
—Me gustaría ser un pájaro. —Esta es la frase inaugural de su drama. Los minutos previos al laberinto de sus últimas semanas. (A veces he pensado en llamar a este relato «William Spode». Él es lo sustantivo en este recuento de heroicidades mínimas. Pero los editores mandan y piensan, con razón o sin ella, que su palabra es Palabra de Dios.)
Lo dijo sin echar a volar la voz, sin permitirse el despegue del anhelo ni el estallido del gozo. 


Podéis adquirir el libro en cualquier librería de España, incluídos FNAC y Casa del Libro o en la web de la editorial con gastos de envío gratis.
http://www.cazadorderatas.com/tienda/


martes, 15 de septiembre de 2015

LOS IRREGULARES POR MERCEDES ROSENDE




Peleando en la cubierta del Titanic 
Mercedes Rosende

18:23 horas
En eso habíamos quedado, brother, le dije al estúpido de Sherlock una y otra vez después que detuvo el vehículo, apagó el motor y su mirada se perdió en algún punto que no pude determinar.
Hasta ese momento las cosas habían salido tal como las habíamos planeado, el asalto al banco en menos de cinco minutos, la huida en el coche blanco —alquilado con una tarjeta robada—, el cambio de vehículo en un bosque alejado y sin testigos. En un pantano profundo quedaron las armas, las máscaras y la ropa que usamos para el robo, y el auto blanco que vi sumergirse en el agua barrosa sin poder reprimir un suspiro de pena. La policía tardaría al menos dos días en encontrarlo y algunas horas más en sacarlo, para compro- bar, después de realizar mil pericias, que en el vehículo no hay ni una puta huella dactilar.
Sherlock había sido un buen socio, había aprendido el oficio y, aunque muy delgado y de aspecto enclenque, venía soportando la maratón que llevábamos desde el amanecer como si tuviera un entrenamiento en resistencia física.  

lunes, 14 de septiembre de 2015

LOS IRREGULARES POR JUAN GUINOT


Ya podéis conseguir la antología de cuentos sobre Los Irregulares en nuestra tienda. Recordad que los autores que participan son una pasada: Ángel Olgoso, Elia Barceló, Carmen Moreno, Rodolfo Santullo, Kike Ferrari, Mercedes Rosende, Juan Guinot, María Zaragoza, Cristina Jurado, Alejandro Castroguer y Daniel Pérez Navarro.
Una antología única.








La Yumba
Juan Guinot

Diciembre es un mes de mierda y hoy es el peor día del mes. Tengo que laburar, tratar de no pensar, tirar del carro, ir despacio, cuidarme y dejar que el día pase, que este mes termine.
Salgo de avenida Corrientes, encaro por calle Drago, freno: sirenas y bocinazos chillan a mi espalda. Voy con mi carro contra un auto que está estacionado. El camión de los bomberos me pasa bien finito, sacude los cartones. Un bombero, que va agarrado de una manija en la parte de atrás del camión, gira la cabeza debajo del casco, me enfoca con los ojos; miro para un costado.
En la vereda de enfrente, al pie del monumento a la Orquesta de Pugliese, el Loco Saúl me hace señas con la mano; quiere que cruce. Le digo que espere, le señalo Corrientes en dirección al cuartel de los bomberos. Atrás del autobomba, casi siempre, sale el camión con escalera y a ese mejor no ponérsele adelante, sobre todo, si sos un cartonero.
Aprovecho para tomar un poco de agua. Es de noche, el asfalto arde. Guardo la botella en el carro, manoteo la toalla. Al sacarla, se sale una de las puntas de la frazada marrón, la vuelvo a meter entre los cartones.
Me seco la transpiración de la cara y el cuello. Enrollo la toalla en la manija del carro. 

lunes, 7 de septiembre de 2015

LOS IRREGULARES SEGÚN RODOLFO SANTULLO


El niño al otro lado de la tapia
Rodolfo Santullo

Wiggins se caló la gorra de paño ajada que le cubría la cabeza. La noche estaba helada y sentía en la piel, en los huesos, y en el cuero cabelludo, que era perforado por mil agujas invisibles. La niebla le cubría como un manto húmedo y no le dejaba ver más allá de dos pasos adelante. Los cascos de los caballos permitían adivinar su existencia y ubicar sus vagas siluetas cuando pasaban tirando de sus carros como fantasmas en la espesura blanca.
Como si la noche no quisiera más que recargar mi mal ánimo, refunfuñó Wiggins para sí. Combatió la sensación apretando el paso y volviendo puños sus manos en los bolsillos de su abrigo raído. Cruzó a paso vivo Portman Square y las farolas le jugaron malas pasadas con las sombras de los escasos transeúntes que se cruzó. No era tan tarde, pero la pesada niebla se había encargado de que casi todo el mundo se metiera veloz en sus casas. Todos menos los que caminaban con prisas, deseosos de salir de la calle de una buena vez. Todos menos los que, como Wiggins, tenían trabajo que hacer. Hay tareas que no se pueden hacer sino por las noches. Tareas que la misma niebla, la soledad y las sombras ayudan a realizar. Wiggins tenía por delante una de esas tareas. Wiggins iba a escuchar a un fantasma.